LOS HERMANOS DE LA VIDA
Siempre
ha estado tentado a incluir en mi blog una reflexión sobre la amistad, los
amigos, y todo lo que ello implica o involucra. Sin duda que este ha sido un
tema sobre el cual se ha escrito mucho, y no hay persona en el mundo que no
tenga algo que decir sobre la amistad.
Las
complejidades del tema lo convierten en uno de aquellos sobre los que se genera
más discusión o controversia, y ello por cuanto todo el mundo tiene una visión
muy particular sobre la amistad, todas ellas muy respetables, por lo demás, y sobre
las cuales no emito juicio alguno.
Yo
particularmente voy a referirme a mi particular concepto de la amistad y de cómo
la he percibido en el tiempo, y cuales han sido mis experiencias al respecto.
Debo
empezar indicando que las amistades se forjan a lo largo de toda la vida,
comenzando con nuestras primeras amistades de la infancia, donde nuestra
convivencia a nivel escolar, nos lleva a hacer amigos como quien cosecha
manzanas, es decir a montón. En la mayoría de los casos esas amistades nacidas
a la luz y bajo el cobijo del puro sentimiento no internalizado, normalmente
duran lo que dura esa hermosa etapa de nuestras vidas. Vagamente recordamos sus
nombres y las cosas que compartimos.
Ya
en otra etapa, cuando somos ya adolescentes nacen nuevas amistades y en este
período ya se orientan a amistades de ambos sexos, por aquello del despertar a
la vida. En esta etapa de nuestra vida tenemos un poco más de conciencia y
somos relativamente un poco más selectivos al escoger nuestros amigos; fundamentalmente
basado en la identidad de propósitos, las cosas comunes que nos identifican, maneras de hacer, de
actuar y de pensar. Este no deja de ser un período maravilloso para forjar los
que podrían ser tus amigos de toda la vida. Si eres suficientemente acucioso en
el análisis, y en la escogencia, es posible que tengas la suerte de poder
conservar para siempre algún amigo que fue tu compañero de aventuras en esa
etapa tan especial de aprendizaje, en todos los ámbitos y del inicio de la
madurez y forjamiento de nuestra propia personalidad. Feliz aquel que ha
logrado mantener y conservar al menos un amigo de esta época, el cual hoy
engrosa lo que yo he denominado tus hermanos de la vida, con lo cual encabezo
esta nota.
Cubierta
esa fase, entramos ahora a nuestra etapa universitaria, aquella donde más
posibilidades se abren para iniciar nuevas amistades, por multiplicidad de
razones, intereses comunes, eventuales profesiones similares; allí podrías
encontrar tus futuros socios de negocio o de profesión. Allí ya se entra en una
etapa de madurez que te permite identificar mejor quienes podrían ser tus
amigos y quiénes no. Allí se comienza a identificar, o separar más bien, los
amigos de los simplemente conocidos, a los cuales puedes incluso apreciar, pero
que ya decidiste que no entrarán en tu reducido número de aquellos que
consideras tus amigos.
Ahora
entramos en la que quizás es la etapa más relevante, y es nuestra vida
profesional, en la que ya en plena madurez personal hacemos nuevos amigos y,
quizás con suerte puede uno encontrar alguno de aquellos que van a perdurar en
el tiempo. Son muchos los intereses que se mueven, y si no hay una plena
coincidencia sobre los aspectos fundamentales de la vida, será muy difícil que
pueda o puedan mantenerse en el nivel que uno desearía.
Luego
de cerrado ese período de maduración, podemos hacer un alto en el camino y
adentrarnos en el período que yo llamo, el del estante o del escaparate.
Un apreciado y viejo amigo solía indicar que los amigos son como los jarrones
en un estante, que tiene diferentes niveles; en otras palabras algo así como
nivel 1 para los menos amigos y nivel digamos 5 para los más amigos. Ese
estante es algo dinámico y se mueve constantemente. Nosotros mismos lo
modificamos de tanto en cuanto; algunos suben en el escalafón y otros bajan,
dependiendo de las circunstancias. En ocasiones es posible que alguno que está
en el tope del estante, no solo baja considerablemente, sino que puede
simplemente desaparecer del estante.
Esta
es tal vez, la ilustrativa imagen con la que suelo encasillar a mis amigos; me
ha enseñado la vida que cada vez es más escasa de figuras, y es claro que las
que van quedando son precisamente aquellas que fueron forjadas al calor de la
juventud, en muchas ocasiones, o al calor de circunstancias inexplicables que
convierten una amistad aparentemente ocasional, en algo con un carácter
profundo y permanente.
En
el proceso, son muchos los desencantos y los desaciertos, los errores y los
aciertos, pero en el balance siempre encontraremos, que cada uno en su momento,
tuvieron un rol importante en nuestras vidas, y de ellos en la mayoría de los
casos se guardan gratos recuerdos de tiempos compartidos en este largo
transitar.
Ya
en la madurez de los años, muy posiblemente podemos contar con muchos amigos,
con gente que te aprecia y respeta, y a quienes uno quiere genuinamente; pero
lo que sí es claro para mí, es que ya tienes definido ese estante, en el que ocupan un lugar especial los que
son tus hermanos de la vida, que por cierto, posiblemente te sobren dedos de
una sola mano para contarlos.
Weston, Noviembre 21, 2017
FPP